Los Ángeles: los amigos de mis amigos…
Recién aterrizadas y bajo un terrorífico efecto jet-lag, Rubén nos presenta a sus amigos y nos lleva a cenar a un asiático de la city. Tenemos que ir en coche otra vez. Primera advertencia de Rubén, “aquí hay que utilizar el coche para todo, sin coche no eres nadie y no puedes ir a ningún sitio”. Él tuvo que comprarse uno y se ha hecho un experto de la conducción. No hay más que verle al volante, fumando y escuchando música.
Da la sensación de que a los americanos les encantan los asiáticos, o al menos eso parece. Aunque cansadas, Vero y yo nos acoplamos rápidamente a las circunstancias; mesa entre amigos, espectacular acuario próximo y música de fondo; una especie de coreana había arrebatado el micrófono del restaurante y no tenía intención de soltarlo. En lugar de cantar, hacía simulacros de canciones o algo parecido, el problema: formaba parte del staff. El perfecto soundtrack para un film made by LA.
Los actores de reparto: los amigos de Rubén durante su estancia en la meca del cine, flatmates en su mayoría. Francesco, italiano, moreno, con barba, no muy alto y menudo, un hermano para Rubén, investigaba sobre esquizofrenia en la UCLA para obtener su doctorado en Psiquiatría. Tímido a first sight pero en el fondo un gamberro nato. Olga, española, de Jaén, había conseguido una beca de un año para dar clases de español en el Instituto Cervantes, alegre y siempre gastando bromas. Parecía llevar toda la vida con ellos. Umberto, el auténtico italiano, tanto en porte como en personalidad, elegante, caballero y ligón, muy ligón, compañero de universidad de Francesco, que había decidido pasar varias semanas del mes de julio allí. Sandra, de origen mexicano, pero nacida en LA, en paro, buscaba su lugar en el mundo en forma de puesto de trabajo en USA. Marisol, del Salvador, morena y atractiva, divertida e inteligente, trabajaba de relaciones públicas para una empresa internacional. Y Nacho, español, que había viajado por medio mundo y trabajaba allí por un tiempo, con quien congenié rápidamente. Nacho era especial, un desengaño amoroso reciente le convertía en mi objeto de deseo… Tenía entretenimiento para rato; escucharle, aconsejarle y ayudarle. Mi complejo de Salvadora del Mundo me hacía vincularme a él sin quererlo…
Al día siguiente, 31 de julio, cumpleaños de Nacho, un día después que el mío. Da comienzo nuestro periplo por LA. El coche fantástico de Rubén y las dos “antoñitas las fantásticas” en acción, cámaras de fotos en ristre. Salimos de la Brea Street hacia Beverly Hills, a recorrer las afueras de las mansiones, a intuir los palacetes de los niños ricos, multimillonarios actores, cantantes y beautiful people de todo el mundo, que buscan refugio entre colinas apalmeradas. Los Ángeles, una ciudad a lo ancho, de calles infinitas, en forma de área residencial gigante, sin rascacielos, exceptuando la Down Town o zona financiera.
Una sierra montañosa puede observarse a los lejos, en una ciudad de 4 millones de habitantes, llama la atención. Como le repetí varias veces a Verónica; si tuviera que calificar Estados Unidos lo calificaría de mastodóntico. Bestialmente mastodóntico, “aquí todo es a lo grande, inmenso, huge”. Resulta que la ciudad de Los Ángeles está rodeada de playas, como Long Beach o Venice, hervidero del verdadero espíritu de la ciudad, de sierras montañosas impactantes, típica de reportajes de televisión, y de desiertos inimaginables, de cine. Espectacular mezcla urbanita y natural. “Llena de contrastes”, diría Rubén.
Paseamos en coche por Beverly Hills, alcanzamos la cima de las letras Hollywood, la tierra sagrada, que tiene sus orígenes en 1887, una utopía truncada de Harvey Henderson Wilcox y su esposa, que pretendían crear una comunidad cristiana, donde se ubicaría la industria del cine a partir de 1913 con películas como El hombre indígena, y más tarde, con la implantación del cine mudo. Charles Chaplin y Mary Pickford, dos de los primeros iconos de Hollywood. Las calles zigzagueantes hasta llegar allí y nuestras primeras fotografías nos hacen percatarnos de que el sueño es real y acaba de empezar, era nuestro primer día en tierras californianas.
El triángulo de oro y la mágica Venice
Seguimos hacia Rodeo Drive, distrito financiero de Beverly Hills, escenario de rodajes de miles de películas, de cuyas esquinas se pueden extraer puñados de dólares. Un enclave donde hasta el tío Gilito sufriría porque no le quedaría más remedio que gastar parte de su fortuna. Allí permanecía el emblemático hotel de Pretty Woman, las tiendas delicatessen de los millonetis, Gucci, Christian Dior, y los autos insultantes para turistas como nosotros. Desde Ferraris hasta Jaguars pasaban por delante de nuestras narices con ínfulas de superioridad, observados y deseados por todos, sus dueños, como si fueran mascotas a las que pasear, encuentran en Rodeo Drive el parque ideal donde airear sus adquisiciones. No, no podemos acariciarlos, pero sí arrebatarles a golpe de clic una postal de recuerdo para casa. El triángulo de oro, golden triangle.
Después de los posados de fotos, nos desplazamos hacia la playa de Venice, que debe su nombre a Venecia, entre sus calles algunos canales con encanto la bautizaron. Una particular predilección me vincula a esta Venecia, que nada tiene que ver con la histórica italiana, su ambiente hippy y bohemio, repleto de artistas callejeros, deportistas outdoors, puestecitos de ropa, tatuadores y vigilantes de la playa, le confieren personalidad. Un imán tiene Venice para los que gozamos de la libertad de ser naturales. Sin maquillaje, libre de artificios, sin escenarios irreales de cartón-piedra, Venice es auténtica y rezuma pureza. Residencia del hip-hop, de skaters, de black people, y apostaría, que fuente de sonidos tribales. Venice, diametralmente opuesta a Rodeo Drive. Por supuesto, más insegura pero increíblemente más atractiva. Su lujo reside en el arte de dejarse rodar con un monopatín por una pista endiabladamente resbaladiza.
Obnubilada por su belleza, me quedé sin palabras que compartir con Rubén y Verónica. Sólo en silencio podía sentirla y saborearla, Venice…
Al final de este trayecto, Rubén se acerca a mí y me da la mano. Me despierta de mi ensimismamiento. “Sabía que te gustaría”, asegura. Siempre atento al detalle. Hay que regresar al chalet, compartida por ocho personas más, entre los que se encuentran los propios dueños. Es el cumpleaños de Nacho y vamos a celebrarlo con barbacoa incluida en el jardín de casa, junto a la piscina.
Nuestra vuelta en coche se resume en una imagen: los tres amigos cantando al son de la radio, de la música de moda, una melodía conocida nos hace alzar nuestras voces, reírnos y acudir felices a la próxima cita. En la interminable Brea Street, el atardecer es diferente. El sol no brilla igual que en España, se nota que el cielo marca otro ritmo en los días. Francesco, Umberto, Olga, Sandra, Marisol y algunos españoles más ya están arropando a Nacho con felicitaciones y regalos. No llegamos on time pero sí en el clímax de todo cumpleaños. “Nacho, pide un deseo, es el momento de soplar las velas”, advierte Marisol con la tarta entre las manos.